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¡OH LA LUNA!

  • Foto del escritor: デイジー
    デイジー
  • 9 abr
  • 2 min de lectura

¡Oh la luna, la luna que cantan los poetas!

¡Oh la luna brillante de tristeza tremenda!

¡La luna que no sabe ni del frescor del agua

ni del viento que tacta, como un fauno, las selvas!


¡La luna que no tiene ni un árbol, ni una brizna,

ni una mujer y un hombre que se quieran en ella,

ni un puñado de polvo que dance en remolinos,

ni un río que haga ruido saltando entre sus piedras!


Parece tan hermosa, tan nueva, tan luciente,

y no es más que una pobre vieja desposeída,

frente a frente a la tierra millonaria de dones

una muerta consciente frente a frente a una viva.


¡Piedad para la luna! ¡Piedad para la luna!

No beséis vuestras novias, ¡oh novios!, ante ella.

¡Dios sabe de qué envidias y angustias está llena

la luz que nos envían la luna y las estrellas.


Luis Lloréns Torres 

1876-1944



¿RECUERDAS, padre Francisco, a este indigno que hoy toma la pluma para escribir tus hechos y tus gestos? 

Yo era mendigo humilde y feo el día de nuestro primer encuentro.

 Acababa de llegar a Asís, la famosa. Había luna llena, el hambre me hacía vacilar…

Cuando entré hacia el crepúsculo, por la nueva puerta de San Pedro, una luna perfectamente redonda se levantaba, roja, pacífica como un sol amable, y difundía su luz en cascadas silenciosas desde la fortificación de la Rocca hasta los techados de las casas y los campanarios, transformando las callejas en arroyos y haciendo desbordar de leche los zanjones. Los rostros de los hombres resplandecían, como iluminados por el pensamiento de Dios. Trans- portado, me detuve y me santigüé, preguntándome si era ésa, en verdad, la ciudad de Asís, la ciudad de las casas, los campanarios y los hombres, o si había entrado, antes de morir, en el Paraíso.

Tendí las manos: se llenaron de luna, una luna compacta y dulce como la miel. Sentí sobre los labios y las sienes la gracia de Dios que fluía. Entonces comprendí: 

«Un santo ha pasado por aquí -exclamé-, estoy seguro, respiro su olor en el aire.» 

El pobre de Asís

Nikos Kazantzaki 



Tratado del Espacio Ultraterrestre (1967)

 Establece que la Luna y otros cuerpos celestes no pueden ser objeto de apropiación nacional mediante reivindicaciones de soberanía, uso, ocupación o cualquier otro medio. La Luna es considerada "patrimonio de la humanidad".


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