UNE FRICASSÉE DE POULETS: ¡AY QUE TENTACIÓN DE RISA!
- デイジー

- 25 may 2025
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Actualizado: 26 may 2025
J'en suis venu à penser que tout ce qui me plaît est bon à faire et qu'il faut toujours épicier de son mieux le repas si fade de la vie.
Pierre Loti
1850-1923

Me encontré, en el año 1750, en Fontainebleau, en el grupo de aquellos que asistían a la comida, o (para ser más exactos) miraban a la reina de Francia mientras comía. El silencio era profundo. La reina, sola en su mesa, no miraba más que las viandas, que le colocaban delante sus doncellas, cuando, degustando ella un plato con signos de desear una repetición, alzó majestuosamente la mirada y, acompañando los ojos con el giro lento de la cabeza, a diferencia de señoras poco despiertas de nuestro país que al no girar más que los ojos parecen poseídas, vio en un instante a todo el grupo; deteniendo luego la mirada sobre un señor, el más grande de todos, y el único quizá al que ella consideraba conveniente hacer tanto honor, le dijo con voz clara: «Je crois, monsieur de Lowendal, que rien n'est meilleur d'une fricassée de poulets (Yo creo, señor Lowendal, que una fricasé de pollo es la mejor de todas las comidas)». Él (que se había adelantado ya tres pasos, apenas oyó a la reina pronunciar su nombre) respondió con voz sumisa, serio, y mirándola fijamente, pero con la cabeza inclinada: «Je suis de cet avis-là, Madame (Tal, oh Señora, es mi parecer)». Dicho lo cual, él volvió, aún inclinado, de puntillas y caminando hacia atrás, al lugar donde estaba, y la comida acabo sin que el pronunciara una palabra más.
Yo estaba fuera de mí. Tenía los ojos clavados en aquel hombre grande, del que antes conocía solo el nombre y su famosa victoria de Berg-op-Zoom, y no podía concebir cómo podía él haber aguantado la risa, él, mariscal de Francia, ante aquella frase de cocinero, que la reina se había dignado dirigirle, y a la cual él había respondido con el mismo tono serio y con aquella gravedad con la que en un consejo de guerra habría votado por la muerte de un oficial culpable. Cuanto más lo pensaba, más sentía que me faltaban las fuerzas, que empleaba en retener el estallido de risa que me ahogaba. ¡Pobre de mí, si no hubiera tenido el vigor de retenerlo! Me habrían tomado por un solemne loco, y Dios sabe lo que me habría sucedido. Desde ese día y en los sucesivos, es decir, durante todo un mes que pasé en Fontainebleau, encontré cada día, en todas las casas a las que fui a comer, la fricasé de pollo que cocineros y cocineras elaboraban casi en competición, sosteniendo que la reina había dicho la verdad, pero que igualmente cierto era que no había en la cocina francesa un plato más difícil que aquél. Yo desde luego no supe nunca entender cómo aquel plato pudiera de hecho ser tan difícil, mientras lo encontraba por todas partes, y por todas partes igualmente perfecto, pero me guardaba de explicarme, ya que, después de que la reina hubiera hecho el elogio, me habrían silbado. Se decidió que solo el cocinero de la reina podía vanagloriarse de elaborarlo a la perfección.
El duelo
Giacomo Casanova
1725-1798
«¡Qué tentación de risa!»
Manuel García
1775 - 1832



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